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Unplugged

La mirada que no se encuentra. Es vacío? Es miedo a la conversación? O tan sólo es que se niega la posibilidad de saber, del no esconderse?

La costumbre se convierte en salvación ante momentos de total oscuridad y luego esa costumbre, transformada en lo cotidiano llega a ser un peso, la inercia, la entrega a lo que no somos, a lo que no queremos, a eso que aleja de los sueños, pero protege de nuevos dolores. Lo conocido representa el bastión al cual asirse cuando todo tiembla, cuando se es un parapeto de uno mismo.

Marcharse y dejar atrás lo que no queremos, cómo hacerlo tras años de entrega, de hijos levantados, de espacios compartidos. Cómo reinventarnos luego del éxito/fracaso profesional? Cómo soltar amarras si no sabemos vivir sin ellas? Contemplar la mirada en el espejo y mantenerse altivo, cómo se hace eso cuando hay traición a lo que nos definió?

Lo cotidiano vuelve y arremete. Las costumbres que son buenas, que nos dan calma, nos encierran en jaulas de bienestar. Entonces hay que correr, acelerar el paso, hay que evitar que el silencio nos alcance; si él llega habremos perdido toda oportunidad de mantenernos ocultos. Luego, a qué costumbres apelaremos cuando la mirada en el espejo se devuelva y nos confronte?

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Tubo de escape

Después de reflexionar sobre si existe futuro o no, si hay esperanza escondida bajo alguna piedra, resulta que una suerte de reductor de tránsito mal hecho provoca daños en algunos sujetadores del tubo de escape de tu carro, quizás con la ayuda de múltiples huecos y desperfectos en las vías. Tal vez. Escasos días después, un sonido en el carro, más el largo resonar de cornetas de camiones en la autopista, urgen a detener la marcha y dan cuenta del tubo de escape lanzando “pequeños” chispazos al golpear contra el asfalto. ¡El susto! Estás en plena autopista, llena de cuentos e historias sobre inseguridades, con pocas opciones de salidas buscando un taller. ¿Seguir? ¿Detenerse? Mejor seguir un poco, una estación de servicio quedó atrás a la derecha. ¿Por qué? ¿Locura acaso? Una segunda estación, destartalada casi, a esa sí se entra. Un bombero que grita: ¡alto, hay que arreglar eso, así no se puede andar más!

Quizás con cara de susto… ¿a quién engaño? Seguro con cara de susto. La estación llena de camiones y, en realidad, poca gente. Mujeres, de ese género humano no había ninguno inicialmente. Y este hombre que dice: espera aquí, ya regreso. Comentarios varios. Silbidos, llamadas. La estación de servicio se hacia un poco sórdida por momentos. Tras unos minutos, reaparece el personaje con dos alambres largos en la mano, un alicate en el bolsillo, una caja de cartón, una piedra, una madera plana, una madera larga, una sonrisa y un vamos a arreglar esto.

– Señor, cuidado que está caliente el tubo de escape.
– Ay, si, faltó con qué sujetarlo. Ya regreso. Breves instantes y de vuelta.

Y se entabló un equipo de trabajo, yo hago palanca para levantar el silenciador, él, debajo del carro y sobre la caja de cartón desmantelada, va identificando los dos lugares donde hay que colocar el tejido de alambre. Hombres pasan y dicen cosas. Vuelven a pasar y dicen otras. Este señor hace caso omiso y de repente dice: ¿me puedes pasar el otro alambre?

Al cabo de veinte o treinta minutos se desliza sobre el cartón, como si fuera la mejor tabla de taller del mundo, y un poco más sucio que antes de mi llegada dice: ya está, te puedes ir tranquila. Eso sí, esta misma semana pasa por un taller para que te coloquen las gomas apropiadas porque sabes que los alambres se desajustan. No es lo mismo eso que las piezas adecuadas. Mi cara debió seguir con susto porque añadió: pero anda tranquila ahora, eso no se va a zafar.

Una sonrisa y mi eterno agradecimiento fue lo que siguió. Y pensé: ¡uy! tengo que darle algo de dinero a este señor para retribuirle su tiempo y trabajo. Fui al carro y sorpresa: sólo diecisiete bolívares. Cuando apenada me acerco al señor le digo que quiero pagarle, aunque sea con poco, me dice: ¡no, de ninguna manera! Esta fue mi buena acción del día y nadie me va a quitar la satisfacción de haber ayudado a borrar la cara de susto que tenías en el rostro. Anda tranquila y recuerda ir al taller pronto.

Ciertamente, lo que no sé si sabe ese señor es que hizo mucho más que desaparecer la cara de susto de mi rostro, me recordó que no tengo que buscar esperanza debajo de ninguna piedra, está bastante más a la vista. Por lo que le doy mis infinitas gracias.

¿Futuro?

La indolencia, la enajenación, el irrespeto y la desconsideración van a ser los grandes responsables de nuestra destrucción como sociedad. Todos ellos cultivados día a día por quienes vivimos, al menos, en esta ciudad o país.

Cada día, incluso aquellos que deseamos vivir en una sociedad más humana y constructiva, parecemos estar enfilados a la total pérdida de valores. Los intentos de retroceder en ese proceso son castigados con tanta frecuencia que cuando nos recuperamos del golpe recibido en un momento dado, ya estamos recibiendo el siguiente. Atención en las tiendas de servicio, disposición en el tráfico, asistencia en los organismos públicos y privados, interacciones laborales y vecinales, todas ellas hablan de un empobrecimiento de la condición humana y de una reducción a instintos básicos, esencialmente pertenecientes a nuestra condición de miembros de la escala zoológica que no podemos negar.

Esto se hace punzantemente obvio cuando damos las gracias mil veces al recibir un trato acorde a lo que debería ser. También cuando salimos del país, por cualquier motivo, y descubrimos que las personas nos tratan bien, nos dan paso en el cruce peatonal, se detienen en los semáforos, las aceras son de los peatones y las calles de los vehículos, cuando nos dicen estamos para servirle o cómo podemos ayudarle. En ese momento abrimos los ojos con desmesura y evocamos vivencias propias o cuentos de los padres, entonces nos preguntamos: ¿cuánto perdimos?

Sin embargo, la enajenación y la ausencia de visión de colectivo es un problema que luce, dada la crisis mundial que experimentamos como sociedad, un problema que trasciende fronteras.

Casa

Me pregunto a veces, ¿dónde queda el límite entre la casa, la morada donde habitamos, y aquella con la que vivimos? ¿Cuándo el desprendimiento por el cuidado y el afecto hacia nosotros mismos se refleja en la casa, en la urbanización, barrio, ciudad, país, ambiente natural donde ejercemos la existencia?. Me pregunto también, ¿cuánto de lo que vemos en nuestra forma de relacionarnos con el sitio de trabajo, con las calles y avenidas, con la naturaleza que nos rodea o visitamos, es revelador de la forma en que nos tratamos? ¿Cuánto de eso es el reflejo del menosprecio y de la desconexión que sentimos por ese ser que lleva, responsablemente cada día nuestras emociones, bellezas, fealdades, pensamientos y sentires más profundos (callados o no), ese ser que lleva nuestra piel?

Si somos capaces de llenar de basura nuestro mundo interno, creo que también seremos capaces de destruir todo lo que nos rodea. Por momentos quizás nuestras acciones estén contenidas por los aprendizajes de casa, pero de una u otra forma haremos visible esa capacidad: en las colillas que dejamos en el piso por donde transitamos, en el papel que no importa olvidar en el piso, en la planta que indolentemente destruimos, en la actitud irrespetuosa hacia cualquier elemento del espacio que nos rodea.

Dependemos de nuestro cuerpo para vivir y eso no nos parece suficiente para cuidarlo. No podemos sobrevivir sin el planeta Tierra y eso nos resulta poca cosa para activar conductas de sobrevivencia, de acciones cónsonas con su permanencia en el tiempo. El cuerpo que aguante y el planeta que vea a ver cómo hace.

El amado

Tener un ser amado, en el sentido más amplio de la palabra, no es cualquier cosa. El amado no va por los caminos esperando ser encontrado. El amado es difícil de tener, de cultivar, de amar.

¿Cómo disfrutar de un ser amado sin ofrecerle respeto y consideración? No podemos. Usualmente, nos conformamos con poca cosa en términos del ser amado o del amar. Amar, en su sentido más amplio y quizás profundo, desde mi punto de vista -que es sólo eso- pasa por calzarse los zapatos de ese ser y caminar algún trecho con ellos. Pasa por comprender que infringirle un daño es provocar dolor en nosotros, pensar en venganzas es como propinar heridas sobre nuestra piel.

Amar a otro incluye comprender la existencia de su autodeterminación, sus libertades, su individualidad; incluye asimilar que aceptarlo no condiciona ni supedita su existencia a nuestra voluntad, que en realidad se trata de un compartir, de un mundo de sinergias que puede -si lo permitimos- expandir nuestra conciencia del universo que percibimos.

¿Cómo alcanzamos a pensar que amamos si somos capaces de hacer algo con la conciencia que ese ser va a estar angustiado, sin paz? ¿Cómo podemos ignorar su respiración agitada para expiar nuestras responsabilidades? ¿Cómo hablamos de amor cuando repetimos la frase trillada de “esto me duele a mi más que a ti”? ¿Cuán falsos podemos llegar a ser? ¿Cómo podemos amar a alguien si con frecuencia le dejamos para después, aún a sabiendas de que tal vez ese después no existe? ¿Cómo podemos pensar en retaliaciones, en revanchas? ¿Castigamos con dolor intencional a quienes decimos amar? ¿Hemos aceptado el masoquismo como estilo de vida?

¿Cómo podemos sostener la mirada de esos niños, de esos hermanos, de esos padres, o de ese ser con el que hemos mencionado deseamos recorrer parte del camino, juntos? ¿Qué tan descarados podemos ser? ¿Cuánto podemos mentirnos?

T.O., julio 2011

Desnudez

Curiosamente, mientras algunos buscan con cierto desespero los caminos para dejar atrás lo que les ancla al pasado, la historia personal; otros, frágiles, desean huir. ¿Pero de qué? En realidad, asemejan mariposas recién salidas de sus crisálidas, con las alas aún endebles, carentes de la firmeza que les permitirá el vuelo después. Desean vestirse, escapar de las miradas escrutadoras que quizás descubran lo que ellos aún se niegan a aceptar: están desnudos! En ocasiones los unos se sienten seguros sólo en presencia de los otros. Tal vez, estos dos mundos de seres se sienten a salvo en el reconocimiento del otro. Tal vez el miedo ante la desnudez de unos se deba a que no la buscaron, como lo hacen los otros. Ellos sencillamente están desnudos, de forma llana se reconocieron, mas siempre estuvieron así, al aire, expuestos a la vida, y esa exposición generó una aparente fragilidad difícil de asumir y menos aún de aceptar.

Sin embargo, la condición que encierran sus alas nuevas no se asemeja a aquella de las mariposas. Lejos de esa imaginaria debilidad, son, por el contrario, bastiones en sí mismos de caminos no trazados, son la fortaleza de quién, reconociéndose al descubierto interiormente, es capaz de enfrentar los temores más atávicos de los seres humanos. Son la firmeza de aquellos que piden en el grito de su mirada auxilio y ellos, conociendo la oscuridad que plena los mundos, son capaces de ir a las profundidades para tenderles la mano.

Es valiente quien busca zafarse de tanta indumentaria, pero lo es más quien sabiéndose sin antifaces, se aventura en el sórdido mundo del reconocimiento de las verdades de otros, a riesgo de desviaciones en el propio camino, sólo con la esperanza de tender puentes entre mundos inconexos que se urgen para tener la esperanza de algún tipo de salvación.

Haz de esconderte hoy de quienes puedan descubrirte, pero sólo para fortalecer esas alas que te dan firmeza al andar. He de desnudarme hoy, para dejar atrás aquellos andamiajes capaces de generar mi pérdida en uno de esos mundos que ya conocemos.

T.O., julio 2011

Naturaleza

Los humanos nos solidarizabamos ante catástrofes naturales, pero cuando la misma cantidad de personas muere, por guerras, enfrentamientos nacionales o hambre, nuestro nivel de respuesta es menor. ¿Cómo explicarán los sociólogos eso?

En todo caso, ahora la naturaleza está demostrando que para los humanos es muy difícil escondernos de ella. Es
muy difícil que nuestra arrogante inteligencia pueda simplemente anular el efecto de eventos que han sucedido a lo largo de los tiempos. ¡Qué complicado! O quizás ¡qué básico eso! No podemos escondernos o escapar de aquello de lo que somos parte. Es como pretender que nuestro mundo interior no nos alcance en algún momento. Para bien o para mal, estamos  juntos en esta travesía.

T.O., mayo 2011